miércoles, 30 de julio de 2008

Ciertas Furtivas Lagrimas




Ciertas furtivas lágrimas
Por intuición, por datos que comparten compañeros de este diario, creo que el personaje setentista de Néstor K se apoderó de él. Por Eduardo Blaustein.
09:16
Eduardo Blaustein
30.07.2008
Hace unos días, por televisión, nuestro modo de vivir el mundo, me impresionaron las lágrimas del gobernador de Córdoba, Juan Carlos Schiaretti, tras la condena a Luciano Benjamín Menéndez. Esas lágrimas –por vía del contagio– potenciaron la emoción de la escena transmitida en vivo, esa otra marca de época made in Argentina de llantos y catarsis tras juicio a un represor (o a quien sea), mezclados con la consigna hijo-de-puta bien apretada entre los dientes, más el plus de jóvenes militantes que no vivieron aquella historia y que, me parece, no reaccionan tanto con el puro dolor incorporado for ever and ever que llevamos los más veteranos sino con una rabia acaso inconsciente, tal vez ligada al país que les tocó vivir. La asociación instantánea al ver llorar a Schiaretti fue con las lágrimas de Corach: Carlos Corach recorriendo las ruinas de la AMIA después del atentado. Son esas cosas que uno se pregunta de vez en cuando: cómo manejan los políticos bien curtidos sus dolores, la zona presuntamente vulnerable de su alma, dónde se los meten el día acaso raro en que los dolores afloran.Por amamantamiento, por la época en que me formé, por deformación estructural, por haberme sostenido durante mucho tiempo en la creencia de los magníficos poderes de la razón, siempre detesté que a la hora de relatar la realidad el periodismo aplicara ciertas vulgatas deplorables del psicoanálisis. El psicologismo político tuvo un giro fundacional en los 90 cuando algunos colegas se regocijaban pretendiendo desentrañar la “sensualidad del poder” en grandes menemistas. Los que gozaban de la tal sensualidad eran ellos, los periodistas. Tal como se excitan otros en los programas de chismes contando historias de protofamosos.Yo creía en todo eso. Creía religiosamente sin saberlo en la soberanía de la razón. Y cuando se trata de ciertos conflictos sigo creyendo o queriendo creer en las categorías, en las clases, en las disputas “objetivas” por riqueza o poder, en las enseñanzas de la historia, en las leyes y las lógicas sociales. Hace unos días, por los diarios, un modo arduo de intentar entender el mundo, me impresionó el amago de renuncia de los Kirchner. Me enojó bastante, también, al punto que imaginé a Néstor Carlos creyéndose Salvador Allende víctima de la ITT y la CIA, y, por lo tanto, justificado y redimido.Por acumulado, por intuición, por datos que comparten compañeros de Política de este diario, tiendo a creer que el personaje setentista que se construyó Néstor Carlos se apoderó de él. Hay quienes se irritan seriamente con Néstor Carlos entendiendo que su setentismo es una actuación, una mascarada, la usurpación de un lugar que no le corresponde. Por derecha se enojan más y más claro: temen o decodifican que lo del setentismo es cierto. Hay quienes con entera convicción creen que los K “usaron” los derechos humanos, entre otros dobles discursos. Discrepo en una parte importante: nuestra sociedad, más allá de cierta tendencia a la corrección política que dimana de los medios pero no de las vísceras, no vive un estadio cultural en el que discursos sobre derechos humanos o distribución de la riqueza operen como método de seducción. Si fuera sólo una astucia K, sería la astucia equivocada. Es más: los K están pagando un precio interesante por esa “astucia”.Ahora soy un converso. Ahora mismo aplico psicoanálisis berreta –entiendo el riesgo, sólo trazo hipótesis o parábolas– recordando a no pocos funcionarios del menemismo que se tragaron de todo sin dejar de tener una parcela del alma enlazada con sus historias setentistas, sus dolores, sus sueños fracasados y sus muertos. Es que son humanos.El problema de Néstor Carlos con los 70 –se me ocurre– es que puede que durante demasiado tiempo haya dejado arrumbada una porción setentista de su alma, algo que acaso considere lo mejor de su historia, sus años y lágrimas más nobles. El tema no es entonces sólo lo que pueda haber de tardío o de ficcional. El primer problema es que de verdad crean que ciertas batallas confusas encarnan las mejores banderas del 73 y que hayan pensando en renunciar –según lo trascendido– porque la Argentina, casquivana y culpable, no banca o merece esas batallas. El segundo problema sería que lo que quede de su setentismo sea una versión intelectualmente empobrecedora, inoperante, de lo sucedido hace más de 30 años. Como sea, y en un rango asimilable a los episodios con lágrimas de Schiaretti y antes de Corach, fue “humanamente asombroso” en dos peleadores ese amago de renuncia entendible –en contexto precario de psicología berreta– como ataque de épica y adolescencia rabiosa. Pero, uf, parece que por estas horas, tras haber estrellado guitarras eléctricas en sus cuartos, los K salen de su encierro; parece que –dedos cruzados– podemos hablar más tranqui y como gente grande. Si no fuera porque no termino de creer en la materia Psicología Presidencial, con gusto enviaría a la Quinta de Olivos un par de libros de autoayuda. Pero no, no creo, no termino de creerlo del todo. Preferiría que lo resuelvan con política.
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Fuente:_CRITICADIGITAL

2 comentarios:

La Segunda Tirania dijo...

Estimados:
Quisas les pueda ser útil el material que estoy preparando y voy subiendo al blog que he creado.
Ahi encontraran muchos datos que pueden usar para futuros trabajos de vuestra página.
Los saludo.

Anónimo dijo...

forros